20-10-2020

RE-CONJUGAR EL TIEMPO: LOS NAVIGLI

Virginia Cucchi,

Milán,

Paisajismo, Itinerario,

La periferia es quizás más pobre, pero, como yo – que estoy hecho de periferia – hoy tiene los zapatos empapados de agua y el abrigo rasgado pero los bolsillos repletos de estrellas”, Paolo Coretti



<strong>RE-CONJUGAR EL TIEMPO: LOS NAVIGLI</strong><br />

Hoy más que nunca parecemos incapaces de conseguir un acuerdo con el tiempo, agobiados por la velocidad y la intensidad a la que se ha acostumbrado nuestra vida cotidiana. Obsesionados y angustiados por ritmos cada vez más febriles, inescindiblemente pegados a la tecnología, nos encontramos constantemente conectados a una parte o la otra del globo, teniendo que manejar husos horarios diferentes para hacer un webinario en América o una reunión en streaming en Asia, dominados por la necesidad ininterrumpida de comunicación siempre subrayada con el carácter de urgente, correos que no podemos dejar para luego, WhatsApp, llamadas, follow-up. El bombardeo de informaciones, el subseguir o, mejor dicho, la acumulación de congresos, seminarios, eventos semanales, no nos permite atender todas las cosas sino muy superficialmente o teniendo que escoger con gran dificultad. De esta desazón nace un mantra muy difundido que parece resonar cada vez más fuertemente: un llamado a la calma que imperativamente debemos buscar y encontrar para conseguir una vida más adecuada a nuestras necesidades físicas y espirituales. Una calma sin la cual no será posible recuperar esa sustentabilidad que la pandemia nos ha demostrado claramente que es de vital importancia.

En un mundo globalizado, obligados a movernos continuamente, entre viajes constantes pasando de un avión al otro, nos hemos encontrado en una situación sin lugar a dudas anómala en este periodo de inmovilidad forzada, anclados en un lugar y sin la posibilidad de movernos como de costumbre. Y, tras la angustia inicial por estar convencidos de no poder vivir sin la rutina acostumbrada, poco a poco se ha abierto camino el placer de redescubrir actividades y compromisos aparentemente insignificantes en los que no reparábamos desde hacía tiempo. Yo me puse de nuevo a preparar tortas como de pequeña hacía con mi mamá, repentinamente tuve tiempo para intercambiar pequeños favores con mi vecina. Nos hemos ayudado y me ha ofrecido mucho soporte durante estos meses en los que no tuve al lado a ninguno de mis familiares.

Terminado el periodo de la emergencia y cuando el miedo se había calmado un poco, he sentido el deseo de regresar gradualmente a vivir, a no permanecer siempre encerrada en mi pequeña buhardilla y he comenzado a aventurarme con la bicicleta por caminos nunca antes explorados, inicialmente a pocos kilómetros de mi casa y luego, cada vez más lejos. Alguna vez tuve la oportunidad de hacer una excursión con algunos amigos en una zona de los Navigli que me había encantado, que se había quedado guardada en mi corazón y que me habría gustado fotografiar. Entonces me puse a estudiar cómo regresar y un domingo de julio bastante caluroso dejé la ciudad para adentrarme en los campos de Abbiategrasso. Recorrí una cantidad impresionante de kilómetros, más de cincuenta y a medida que cada vestigio urbanizado desaparecía, aparecían ante mí extensiones de campos y una vista que no me permitía sentirme cansada, sino que me estimulaba a seguir pedaleando en búsqueda de rincones cada vez más mágicos.

Los Navigli constituyen una compleja intersección de canales artificiales que, como arterias, atraviesan Milán y se conectan rodeándola, desviándose en ramales hacia diferentes zonas de la provincia y encontrando el río Ticino y el Adda, que atraviesan el Lago Mayor y el Lago de Como. Originalmente destinados a la navegación y como infraestructura de trasporte para las mercaderías, posteriormente también fueron utilizados para el riego y para alimentar las actividades industriales. Este proyecto, por sus características de ingeniería realmente innovadoras y avanzadas, ha aprovechado las características geomorfológicas del terreno inclinado permitiendo que las áridas extensiones prosperasen. Los Navigli revelan una identidad muy particular, a lo largo de sus riberas se despliega un rico patrimonio agrícola, monumental y cultural, además de natural. Junto a las iglesias y abadías se pueden admirar en las afueras de la ciudad lujosas viviendas y casas vacacionales con grandes y verdes fincas y jardines, pertenecientes a la nobleza y a los adinerados burgueses de otros tiempos, actividades productivas sujetas a la presencia del agua, tales como, hilanderías, molinos y fábricas de papel.

Existen además tres importantes parques que representan una verdadera concentración de biodiversidad. Pero el aspecto más fascinante y que me ha impactado mayormente durante esas horas que he transcurrido deteniéndome aquí y allá, ha sido la espontaneidad de las personas que he encontrado, la naturalidad con la que todos viven el medio ambiente. Algunos jóvenes se lanzaban al agua mientras las chicas tomaban el sol, un señor un poco mayor me entretuvo contándome con su marcado acento dialectal algunas historias del lugar, recordando hechos de su vida con un no sé qué nostálgico y grande pasión. También he tenido otro encuentro muy agradable con una señora que ha transformado una parte de sus arrozales con una nueva producción dedicada por completo al cultivo ecológico, y no solamente me ha regalado una cesta de arándanos de su finca, sino que además me ha cautivado realmente con sus relatos del pasado y de un mundo agrícola que yo conocía únicamente por las escenas de una película que adoro, 'El árbol de los zuecos'. Me encontraba así reviviendo el acento que Ermanno Olmi ponía en la vida cotidiana, la importancia que daba a las cosas simples y la tranquilidad con la que se detenía y contemplaba una dimensión natural y humana que amaba tanto, la realidad rural de las periferias y el mundo campesino, una cotidianidad hecha de humildad y modestia, de mucha pobreza y esfuerzos. Me aparecían en la mente los extensos campos y las hileras de alisos, el trabajo de las lavanderas y del molino, los dichos y las queridas rimas de la tradición popular. Me parecía casi surreal el haber entrado, digamos así, en otra dimensión y sentirme absorbida por esa atmosfera que, en aparente sintonía con el lento curso de la corriente del Naviglio Grande, trasmitía una sensación de aparente inmovilidad. Me parecía imposible que, a poca distancia de una realidad urbana normalmente ruidosa y agresiva, existiera este rincón inesperado que emanaba un maravilloso perfume hecho de sencillez, suavidad y mucho calor humano.  


Mientras tomaba fotografías de los chicos, que en su libertad absoluta lucían despreocupados y felices, no condicionados por comportamientos estudiados o apariencias, quizás solamente algo asombrados de que yo viera en ellos algo interesante e digno de ser retratado, me preguntaba por qué es tan difícil para la mayoría de nosotros encontrar este tipo de participación entusiasta en lo que nos rodea. Aquí en cambio todo parece suceder con naturalidad extrema y, sobre todo, sin ningún apuro por el tiempo que pasa rápido y sin afán por el reloj que marca los compromisos en agenda que nos esperan. Tenemos diferentes formas de comportarnos que me desconciertan, como, por ejemplo, el no poder dejar de lado algo establecido, sin llegar a decisiones drásticas, que impliquen grandes transformaciones como cambiar de página en nuestra existencia. Creo que a todos nos gustaría darle un enfoque más equilibrado a nuestra cotidianidad. Entiendo que no es fácil, pero parece absurdo que, renunciando con frecuencia a reordenar nuestro tiempo, sintiéndonos imposibilitados de reorganizar o, mejor aún, eliminar esas cosas demasiado asfixiantes y, quizás, hasta angustiantes, terminemos por explotar y lanzar un impostergable y apremiante 'abandono todo y cambio trabajo, ¡ya no soporto más este tipo de vida!’. Parecemos estar controlados por un mecanismo que no nos permite escoger, y aunque se hable mucho sobre el silencio y la inactividad, una acomodación que permita una tregua entre el frenetismo de la hiperactividad y una cierta liberación de la total dependencia de los medios digitales sigue siendo una aspiración prácticamente inalcanzable. Y si tuviéramos la oportunidad de conciliar nuestra realidad laboral con un tipo de vida más en contacto con la naturaleza, más al aire libre y más sana, como se espera suceda con el smart working, ¿sabríamos adaptarnos a la tranquilidad de un oasis de paz sin buscar constantemente el contacto con la realidad urbana más cercana? Esa percepción tan gratificante de la campiña que he experimentado cuando me encontraba entre las extensiones de los campos y la amabilidad de las personas de ese primer cinturón de la periferia de Milán, ¿se debía quizás a una condición momentánea que me ayudaba a interpretar esa realidad a través del objetivo de una nostalgia romántica?


De todas formas, tengo que reconocer que son muchos los factores que sostienen mi impresión y las razones residen en un acuerdo que ha hecho posible que toda el área mantuviese su acentuado carácter rural. Entre el organismo Parque del Ticino y los agricultores de esta zona se ha establecido una relación de colaboración que se basa en la promoción del territorio, la valorización de las producciones erradicadas en la zona y la mejora ecológica del medio ambiente. Las empresas se han comprometido en adoptar métodos agrícolas de bajo impacto, producciones diversificadas y adecuadas al entorno. Cabe añadir la sensibilidad de consumidor milanés, que demuestra aprecio por los productos genuinos kilómetro cero, junto a la coparticipación activa de los mercados, los restaurantes y las empresas de turismo rural, que se sirven y proponen los productos alimenticios que se cultivan en las fincas locales. Una colaboración ganadora que satisface el interés colectivo y permite que lugares especiales como éste sobrevivan sin perder su carácter genuino.


Un rincón que, como muchos otros, afortunadamente se ha conservado de modo inteligente y no comparte el destino de esa porción de territorios rurales, remotos y salvajes, que constituyen el 98% de la superficie de la tierra, a los que Rem Koolhaas dedica una larga reflexión, un relato, ‘Countryside, The Future’, que se despliega a lo largo de las espirales del museo Guggenheim. Un mundo que se ha transformado tanto por el comportamiento del hombre que ya no deja ver nada de lo que parecía ser. Un campo dominado por la digitalización, explotado sin respeto, en nombre de la productividad. Nuestro pobre planeta tierra, debilitado por la deforestación desencadenada y la descontrolada extracción de los minerales, erosionado y agotado por todos los factores destructivos provocados por la crisis climática y ecológica, poco a poco nos está mostrando los efectos de todo ese maltrato que le hemos ocasionado, poniéndonos frente a un inquietante y angustiante dilema: ¿qué sucederá si estos maravillosos territorios, no respetados, dejan de producir lo suficiente para la globalidad de la humanidad? El planeta actualmente tiene 7 mil millones de habitantes, que dentro de poco serán 11 y que, obviamente, deberán alimentarse, como lo dicta la sostenibilidad. A estos aspectos realmente preocupantes el arquitecto holandés suma otros comportamientos quizás menos graves pero igualmente irrespetuosos para el campo, que en un ambiente auténtico producen la sensación de pérdida de lo natural para dar paso a la artificialidad. Se alude en modo directo a una tendencia que se observa con bastante frecuencia y que afecta a aldeas enteras, las cuales son compradas con la excusa de conservar su espíritu auténtico, pero luego se reestructuran con la finalidad de ofrecer un atractivo turístico, pero también se refiere a las tradicionales casas de campo que se transforman en lujosas residencias vacacionales perdiendo así su ser original. 

Hay muchas formas de conservar los recursos ambientales, pero la que yo prefiero sin lugar a dudas habla de que habría que centrarse en una relación de colaboración e intercambio entre los diferentes actores de un entorno o de varios entornos, un sistema evolucionado de integración, un diálogo generoso en el que cada uno de nosotros, por respeto a los demás, debería ofrecer lo mejor de sí en pos de la colaboración. Ciudad y campo presuponen un apoyo recíproco, no contaminado con la degeneración de una utopía tecnológica consumista que no favorece a ninguno de los dos ni propicia una relación de provechosa de continuidad e interrelación. 


Virginia Cucchi

Credits: 

Photographs: Virginia Cucchi 

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