09-03-2020

LA CIUDAD DEL FUTURO

Smart Cities,

Future,

He leído sobre una ciudad del futuro en la que lleva meses trabajando la conocida marca de coches Toyota en colaboración con el arquitecto Bjarke Ingels, una especie de laboratorio experimental donde ensayar las nuevas tecnologías dedicadas a la movilidad, robótica, a la inteligencia artificial y a las energías renovables. “Un ecosistema totalmente conectado alimentado por células de hidrogeno”. 



LA CIUDAD DEL FUTURO

He leído sobre una ciudad del futuro en la que lleva meses trabajando la conocida marca de coches Toyota en colaboración con el arquitecto Bjarke Ingels, una especie de laboratorio experimental donde ensayar las nuevas tecnologías dedicadas a la movilidad, robótica, a la inteligencia artificial y a las energías renovables. “Un ecosistema totalmente conectado alimentado por células de hidrogeno”. Las intenciones que impulsan el proyecto son verdaderamente nobles, especialmente por parte de una empresa del sector automovilístico, procurar poner al servicio de la colectividad las investigaciones más innovadoras. Qué duda cabe de que se trata de un esfuerzo admirable, y hay muchas cuestiones que merecen un elogio, como la idea de ayudar a la movilidad individual y colectiva que se adapte a las distintas necesidades a precios cada vez más bajos, fácil de usar, procurando facilitar la asistencia que se debería garantizar a las personas en base a su grupo de edad. Nada que decir sobre los fines que se proponen ofrecer contextos más saludables, para nosotros y para el medioambiente. Lo que suscita cierta perplejidad es el nombre elegido para el proyecto: ‘woven city’ (en inglés significa ‘ ciudad entretejida’) y estas son las palabras del arquitecto para anunciarla: “Woven City ha sido proyectada para consentir que la tecnología refuerce el espacio público como lugar de encuentro y se utilice la conectividad para alimentar la conectividad humana, …en unos tiempos en los que la tecnología, con las redes sociales y las ventas por internet, está sustituyendo y anulando los lugares tradicionales de encuentro físico, haciendo que estemos progresivamente más aislados que nunca”.

Una afirmación que esperemos que se pueda realizar, visto que se trata de usar la tecnología para combatir la otra tecnología, que amenaza con destruir las relaciones interpersonales. En una época en la que se hace cualquier cosa para incentivar la productividad y las compras, estudiando y testando lo que la gente desea para luego preparar una estrategia orientada al marketing según la demanda, ¿se llegará a eliminar ese enfoque comercial capaz de invalidar las conexiones humanas? 

 
Si nos adaptamos a la voluntad de una mente que nos controle, ¿dónde va a parar nuestra libertad de decisión y nuestra independencia? Los nuevos escenarios en que se comparten datos hacen que nos preguntemos si existe una ética que regule su uso. UABB 2019, la Bienal de arquitectura y urbanística de Shenzhen y Hong Kong, dedicó la última edición ‘Urban Interactions' (Interacciones Urbanas), al futuro que se imagina en un ámbito urbano cada vez más controlado: al tema de la evolución tecnológica y sus injerencias en la vida diaria, comprometiéndose a analizar con un enfoque multidisciplinar de qué forma este ascenso de la ciencia penetra y condiciona nuestra existencia. Un tema fascinante, sobre todo si dejando a un lado el impacto innovador que puede comportar para el sector arquitectónico, se enfoca bajo un perfil sociológico. Cuanto más intentamos facilitarnos la vida recurriendo a medios técnicos que hagan más veloz y sencilla cualquier necesidad que tengamos, más nos hacemos esclavos de un mecanismo automatizado que nos priva, inmiscuyéndose cada vez más, de nuestro poder de decisión. Los ordenadores son prácticamente omnipresentes y su competencia se extiende a campos que no se contemplan en programación. Si seguimos así, nos arriesgamos a convertirnos en los instrumentos de un sistema que había sido creado para estar a nuestro servicio. 

Las tecnologías, como afirmaba un histórico de la materia, Melvin Kranzberg, no son “ni buenas ni malas, pero tampoco neutras” y esta consideración se merece una reflexión. El reconocimiento facial por ejemplo, que puede tener indudables ventajas desde el punto de vista de la seguridad de una nación, de una ciudad y de la comunidad, si se emplea sin un control dictado por un sentido moral, se desviará hacia usos impropios intencionales, para terminar violando los límites de la privacidad de cada uno de nosotros, teniendo controlado incluso todo aquello que no querríamos ver diligentemente registrado y conservado en un archivo de datos. Podría pasar, como ya ha sucedido, que quienes gestionan el control de datos influyan en la evolución y el resultado de ciertas operaciones de tipo económico y político.

Si la vigilancia que debía garantizarnos seguridad se transforma en algo extremadamente inoportuno de lo que no nos podemos liberar, olvidémonos de la ayuda limitada a problemas prácticos como el tráfico, la salud, cómo prevenir y enfrentarnos a calamidades naturales. Lo que podemos en cambio esperarnos es una especie de réplica de los famosos ‘ojos agudos’, un programa que en China graba y vigila los desplazamientos de los habitantes de más de 50 ciudades, y preparémonos a la empresa que podría no ser fácil recuperar esa independencia que tanto nos gustaba. “Cuando la ciudad tenga ojos para ver, se creará una situación de pesadilla. La profecía del Panóptico cobrará vida. La democracia morirá”, nos advierten. Es responsabilidad nuestra asumir una actitud más concienciada respecto a los medios digitales, procurar entender hacia dónde nos llevan e intentar prevenir y evitar las consecuencias indeseadas.

Cuando con discursos no carentes de retórica y a propósito de la Ciudad Inteligente del futuro nos presentan escenarios idílicos y algo melosos, que nos hablan de vegetación abundante, mucho tiempo libre y gente sociable que comparte su tiempo con los demás, hay que cribar la información con cierto espíritu crítico. Son cuadros que suelen evocar ambientes bucólicos de armonía perfecta, pero hay que procurar entender si todo funcionará de verdad a la perfección como dejan imaginar. Los contextos que se plasman en las representaciones gráficas y artísticas no tienen nada que ver con la agresividad futurística que normalmente desvelan las famosas creaciones de artistas del mundo de la ciencia ficción. Más bien parece que nos quieran convencer que viviremos en una especie de paraíso pastoral, donde no habrá más que naturaleza y cultivos en todos los rincones de la ciudad y de nuestras casas, y que nuestro tiempo estará repleto de actividades colectivas, momentos di relax y enorme interactividad. Sharing, un término que habla de compartir y de conveniencia, es el denominador común a la base de este nuevo modelo urbano ideal, donde la tecnología emana solo una sensación de bienestar. Pero algunos expresan sus dudas y nos ponen en guardia de los posibles riesgos y consecuencias negativas que pudieran derivarse de este sistema. Se asegura que se podrá garantizar el bienestar, una buena calidad de vida y la inclusión de todos: parece un desafío difícil, más fácil de prometer en palabras que de realizar con hechos concretos. Las personas con rentas bajas se beneficiarán en parte de esta economía colaborativa o de intercambio, pero habrá que ver respecto a la famosa inclusión, que debería extenderse sin discriminaciones. Si nos concentramos por ejemplo en el sector financiero, ¿cómo podrá eliminarse la barrera, precisamente causada por los medios digitales, elaborada y distribuida por las plataformas de mercado, que le niega el acceso a quien no tenga una tarjeta de crédito y una cuenta bancaria perfectamente aprobadas y funcionantes?

La denominada economía colaborativa como dicen algunos expertos no sería más que otra cara de las leyes del marketing, que con el pretexto de apoyar una filosofía de frugalidad, incentivaría por el contrario intereses no colectivos, arriesgándose a alimentar el monopolio de pocas grandes empresas online. Las grandes compañías prometen salir en ayuda de las necesidades económicas de un alto porcentaje de la población, con la única intención de llenar sus arcas.

Otras formas de colaboración colectiva previstas en estas Ciudades Inteligentes parten de intenciones y tienen objetivos de lo más coherentes, dada la falta de espacio que seguirá yendo en aumento, la contaminación atmosférica y el alto riesgo que amenaza la sostenibilidad ambiental, pero con el paso del tiempo y a la luz de la experiencia demuestran que no siempre funcionan en modo tan perfecto como se había anunciado. Es por ejemplo el caso del espacio de trabajo, como ha sido demostrado en los estudios sociológicos, no a todos les gustan los espacios compartidos de co-working, de los que habitualmente se magnifica la eficiencia ejemplar diciendo que pueden ofrecer momentos de privacidad y de socialización, que contribuyen a fomentar las relaciones humanas y que favorecen la creación de una comunidad. Son indudables las ventajas económicas que un espacio compartido ofrece sobre todo a los jóvenes que estén empezando una actividad autónoma, pero hay que reconocer también que muchos de los que optan por esta solución, no lo hacen siempre porque sea lo que prefieren. Algunas encuestas han detectado que los que se han visto obligados a elegir esta modalidad, suele experimentar una sensación de frustración por no poder disponer de un estudio privado donde sentirse libres de gestionar el trabajo de forma más independiente y donde poder recibir a los clientes con una autonomía difícil de mantener en presencia de más gente.

Volviendo a la ciudad que se realizará en breve y a sus promesas de inclusividad igualitaria, hay quien tiene una opinión netamente distinta y nos advierte de que estamos lamentablemente viviendo en una época de “inigualable desigualdad”, que está monopolizando el futuro y la tecnología podría ser la causa principal de ello. Hay universidades que han decidido dedicarse al estudio de una ética de la tecnología, para ayudar a los que pertenecen a minorías y a ciertas clases obreras a llegar a condiciones más igualitarias. Aunque los estudiantes que se ocupan de esta investigación contra las injusticias sociales, a pesar de presentarse como paladines de la inclusividad y el bien común, pertenecen en la mayoría de los casos a mundos universitarios elitistas que convierten el éxito en un mito, y enseñan a alcanzarlo con agresividad y a cualquier coste. Esas personas que trabajan para crear programas que contribuyan a eliminar las desigualdades forman parte, irónicamente, precisamente de esa porción de desigualdad que debería eliminarse. 

Se utilizan las tecnologías digitales para promover dinámicas de colaboración basadas en la solidaridad recíproca, pero lo paradójico es que siempre habrá un triunfador que determine el juego del mundo. Aspiramos idealmente a una economía horizontal, colaborativa, tenemos muchas buenas intenciones, nos sentimos generosos y nuestra sensibilidad es inmensa frente al sufrimiento de los demás, pero en realidad, dominados por el credo del ‘win-winism’, procuramos ejercer roles de dominio, de supremacía en nuestro mundo social, económico y político. Esta agenda digital, que no estará siempre bajo nuestro control, nos podría llevar a vivir, como alguien ingeniosamente ha dicho, “prisioneros del sueño de una armonía sin utopía”.

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