11-01-2022

SEAN GODSELL

Sean Godsell ,

Earl Carter,

Australia,

En uno de mis últimos podcasts he podido contar con un invitado decididamente interesante, Sean Godsell, un arquitecto que, tal vez porque nunca ha accedido a adaptarse a las tendencias dominantes y homogeneizadoras de la arquitectura globalizada, ha sido descrito principalmente como un espíritu rebelde. Esta posición suya tan resuelta que no acepta compromisos, no hay que atribuirla a un carácter presuntuoso y autorreferencial, sino más bien a una profunda convicción por el respeto que se debe a cualquier contexto en el que se vaya a plasmar un proyecto. Y a una sintaxis, inducida por la situación topográfica, climática y cultural a la que se adaptan sus enunciados y que, al no compartir expresiones estereotipadas, aplican elementos lexicales que no traicionan a la fuente de inspiración original.



<strong>SEAN GODSELL</strong>
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En uno de mis últimos podcasts he podido contar con un invitado decididamente interesante, Sean Godsell, un arquitecto que, tal vez porque nunca ha accedido a adaptarse a las tendencias dominantes y homogeneizadoras de la arquitectura globalizada, ha sido descrito principalmente como un espíritu rebelde. Esta posición suya tan resuelta que no acepta compromisos, no hay que atribuirla a un carácter presuntuoso y autorreferencial, sino más bien a una profunda convicción por el respeto que se debe a cualquier contexto en el que se vaya a plasmar un proyecto. Y a una sintaxis, inducida por la situación topográfica, climática y cultural a la que se adaptan sus enunciados y que, al no compartir expresiones estereotipadas, aplican elementos lexicales que no traicionan a la fuente de inspiración original.

Paisajes de belleza extraordinaria, escenarios salvajes y aislados, abrasados por el sol o arrasados por vientos violentos, inspiran obras que pretenden sugerir con su audacia primordial la función de la casa-refugio, protección y salvación contra la fuerza hostil y brutal de una naturaleza difícil de controlar, donde “especies botánicas desconocidas pueden envenenar, y una picadura podría incluso matar”. Palabras que nos recuerdan aquella imagen inolvidable con la que Chatwin describía el comportamiento que había observado en los aborígenes australianos y que tanta admiración le habían suscitado. “Se movían por la tierra con paso ligero; cuanto menos tomaran de la tierra, menos tendrían que devolverle”, su paso rozaba apenas el terreno, dejando rastros ligeros que el hombre ‘civilizado’ no se ha preocupado de imitar, imprimiendo marcas lamentablemente cada vez más evidentes, en su avance con paso triunfante y arrogante.

Por exigencias de la construcción tradicional del país nacen esos severos y rigurosos perfiles, controlados por una tensión casi obsesiva hacia una expresión concisa, monolitos minimalistas que se extienden insinuándose entre terrenos irregulares. Monolitos que se imaginan y representan en bocetos preparatorios con la potencia elocuente de esos pocos rasgos que distinguen una gran maestría. La plasmación de la vivienda aúna dos tendencias que parecen difíciles de reconciliar: por un lado, la aspiración a la abstracción, entendida como sublimación de una forma esencial, en busca de una auténtica relación experiencial, una dialéctica continua con el entorno natural, y por el otro, como si se tratara de una obligación moral, una apasionada dedicación a satisfacer los imperativos de un futuro sostenible que ya es imprescindible. Una Arquitectura, como sostiene Le Corbusier, que lograra sublimarse y elevarse más allá de los confines físicos de los materiales y de la pura construcción, llegando a “tocar el corazón”, representa el esfuerzo primario hacia el que tienden sus acciones de proyecto, logrando asegurar una gestión ambiental pasiva gracias a sofisticados dispositivos tecnológicos, capaces de ocultarse tras manifestaciones de una aparente y absoluta naturalidad. 

Una configuración especialmente tosca, un exoesqueleto duro, por usar una analogía con la biología que Godsell ha tomado en préstamo, protege el vientre cálido, o sea, el endoesqueleto de sus viviendas. Esos paralelepípedos que se despliegan entre las dunas de arena como carcasas oxidadas, en ocasiones enterradas y mimetizadas como si fueran parte integrante del territorio, nos engañan con su primitiva elementalidad y cuando nos acercamos nos fascinan con detalles meticulosos, minuciosamente estudiados y realizados. Las pieles metálicas que nos parecían uniformes, rudimentales y compactas, se revelan en realidad como tramas porosas, revestimientos indispensables, físicamente separados del espacio interior. Cumplen una función doble, aportando además de reparo gran permeabilidad, inesperados juegos de sombras y luz filtrada. Y la brutalidad que nos sorprendía por su agresividad, se disuelve en una sensualidad táctil y visual, cálida y terrosa.

El viento y el sol, la naturaleza que gradualmente vuelve a recuperar todo lo que se le ha quitado, imponen el hierro oxidado, la madera reciclada de estos paneles que se suceden y que se alteran con el clima, mutando orgánicamente su pátina exterior con el paso de las estaciones. Una exploración atenta y meticulosa de la forma y los materiales en una relación casi simbiótica con el vientre de la tierra, fundiendo espontaneidad y artificio, lo imprevisto y lo ordenado, alcanzando esa narración poética que era el fin anhelado. Cada presencia cuenta una historia que se va desvelando poco a poco y que con sapiente técnica seductiva enfatiza la espera, arrastrándonos a secuencias repletas de sorpresas. Una trama diseminada de pequeñas señales, rastros alusivos, constituye el fecundo prólogo que introduce a encuentros que se dejan interpretar y descubrir lentamente, sin decepcionar nunca las mayores expectativas. El alma palpitante de estas creaciones oculta una complejidad camaleónica bajo una engañosa sencillez. Un minimalismo que nos invita continuamente a descubrir nuevas experiencias y nos obliga a imaginar mucho más de lo que aparece ante los ojos. Esto representa el secreto de su gran atractivo. De una dicotomía aparentemente inconciliable, de la coexistencia de antítesis como inmovilidad y dinamismo, estatismo y flexibilidad, transmisión y autonomía, se delinea una personalidad original que transmite la fuerza de lo auténtico, yendo más allá de banales repeticiones y cansinas normalizaciones.

Otra experiencia singular que Godsell logra provocar, divulgando un mensaje que en su sencillez más pura y básica “toca el corazón” de aquellos que saben escuchar, se refiere a la pequeña 'Capilla Vaticana’, propuesta en ocasión del primer Pabellón de la Santa Sede en la XVI Bienal Internacional de Arquitectura de Venecia en 2018. A los diez arquitectos seleccionados procedentes de todo el mundo se les había invitado expresamente a contribuir con sus propuestas a crear un camino espiritual en el parque arbolado de San Giorgio Maggiore, con una alusión explícita a la ‘Capilla en el bosque’, diseñada por Gunnar Asplund. El encargo consitía en salpicar con notas comedidas pero vibrantes un itinerario que se desplegaba por un escenario natural altamente emocional. El silencio, la contemplación, asumían la dirección de una meditación sobre un concepto de religión libre de condicionamientos tradicionales, de cánones reconocidos, capaces de adaptarse a las exigencias y aspiraciones de la época contemporánea.

Godsell respondió en perfecta sintonía con la temática propuesta, adoptando dos referencias muy significativas para él, y cumpliendo los requisitos con la habitual fuerza convincente de una gran coherencia. Las fuentes que lo inspiran son la fe religiosa de Frank Lloyd Wright, que identificaba a Dios con la Naturaleza, y “el concepto de iglesia como una entidad resiliente y dinámica, capaz de sobrevivir a miles de kilómetros de Roma”, una enseñanza de su educación infantil con los jesuitas, concretamente del ejemplo de los misioneros que llevaban no solo la palabra de Dios, sino también educación, investigación y cultura por todos los rincones del mundo donde se aventuraban.

La asignación de un máximo de 60 m2 como área edificable es una directiva, o mejor dicho, una restricción superflua para alguien que ya tenía decidido no concentrarse en el edificio, sino enfocarlo como parte del contexto especial que había decidido utilizar. Al tener que pensar en una construcción que se pudiera reposicionar, transportándola con facilidad para volverla a erigir en otra localidad, también respeta su idea de un edificio religioso modesto, como entidad dinámica capaz de cumplir su función allá donde sea necesario.

Con una apariencia como siempre poco ruidosa, la capilla se presenta en forma de paralelepípedo alto, de planta cuadrada, aproximadamente del tamaño de un container de 12 metros. La verticalidad que la caracteriza evoca los campanarios que se recortan en el cielo de la laguna, esas audaces y extraordinarias piezas de ingeniería que dejan a Godsell sin aliento. De esta admiración, como el homenaje de un arquitecto profundamente fascinado por los detalles constructivos más elaborados, surge la emulación de la sorprendente técnica de construcción usada en estos campanarios que despuntan sobre postes de madera enterrados en el fango. Con la ligereza de un respeto casi reverencial la torre toca con cuatro pilotes, el mínimo absoluto, el suelo de esta isla declarada patrimonio cultural, permitiendo que el montaje de los módulos prefabricados se lleve a cabo ágilmente. La aparente crudeza del monolito contrasta con una serie de acabados de rara exquisitez, que muestran un rigor por los detalles que es una constante recurrente en la producción de este arquitecto australiano. A propósito de la elaborada investigación exigida para llevar a cabo esta obra en concreto, recordará con gran acierto la famosa afirmación de Mies Van de Rohe "Dios se encuentra en los detalles”.
 
El largo bastidor estructural de acero contribuye a componer el léxico semántico del ritual de la misa: cuando empiezan a afluir los fieles los paneles inferiores, accionados mediante pistones hidráulicos, se levantan simultáneamente por los cuatro lados en un acto de invitación y bienvenida. De esta forma, con un proceso muy teatral que recrea la tensión de la liturgia, se revela el altar custodiado en su interior, iluminado por una luz cenital especial. Los fieles se acercan y elevando las miradas hacia el cielo se hallan envueltos en una luz cálida, inesperadamente reflejada por las paredes interiores recubiertas de láminas doradas. Un ambiente especial que evoca esa sugestión mística que suscita el interior de las catedrales góticas, con su potente capacidad para comunicar con nuestro inconsciente. En esta evidente abertura simbólica hacia el infinito hay quizás una alusión al óculo del Panteón, fundado como templo solar y convertido en basílica cristiana, y cuya ventana se ha interpretado de forma distinta dependiendo de la fase histórico-cultural, como trámite para asistir a un fenómeno astrológico o a la revelación de una luz divina y providencial.

Dentro de la construcción no hay espacio para sentarse. Alrededor de los cuatro laterales exteriores se distribuyeron unos maderos reciclados de atraques de los canales, convirtiéndolos en bancos, que inducían deliberadamente a la congregación a buscar la contemplación y la meditación en este lugar tranquilo y recogido. El pequeño símbolo construido representa solo un acto físico utilizado como un dispositivo que lleva a abrazar en su totalidad el escenario natural: una vez que los fieles se reúnen entorno al altar, la vista se desliza sobre el agua de la laguna, como si ésta simbolizara la gran vidriera de una iglesia, que en este caso es la naturaleza. El agua y el claro rodeado de árboles ofrecen una combinación de lo más armoniosa, irresistiblemente hermosa, que el arquitecto compone sin alterarla.

Virginia Cucchi 

Credits:

Sean Godsell Architects : https://www.seangodsell.com/

Courtesy of Sean Godsell Architects :
Cover, 05: Glenburn House Photo by Earl Carter
01: House In The Hills Photo by Earl Carter
02: St. Andrews Beach House Photo by Earl Carter
03,04: Pennisula House Photo by Earl Carter
06,07,08: Tanderra House Photo by Earl Carter
09: Shack in the Rocks Photo by Earl Carter
10: House on the Coast SGA
12-13: Vatican Chapel Photo Alessandra Chemollo