Hoy, la relación entre la arquitectura y Shanghai define dos escenarios diferentes que por un lado ve la desaparición de la arquitectura colonial china para dejar sitio a una arquitectura a menudo constituida por altos edificios de dudosa calidad proyectiva. Por el otro, la transformación de la ciudad ha dado lugar a un debate sobre el papel de la arquitectura contemporánea y sobre su valor social en un país que se revela hoy como un lugar estimulante y creativo gracias también a la apertura económica en curso desde los primeros años ochenta.
China posee hoy las más modernas tecnologías en el sector de la elaboración del vidrio, del acero, de la piedra y las condiciones socioeconómicas que hacen posible utilizar dichos materiales, que en otro lugar serían demasiado caros, en el ámbito de las realizaciones arquitectónicas.
El posible uso de estos materiales costosos, junto con la posibilidad que ofrece el mercado productivo chino de componentes incluso no estandarizados, contribuye a crear las condiciones favorables para una variada oferta arquitectónica.
Al mismo tiempo ha nacido también una nueva generación de arquitectos influenciada por los estudios de arquitectura internacionales establecidos en China o por las obras realizadas por estos; están presentes en China el estudio de Gregotti Associati, la Fox & Fowle que ha construido algunos edificios comerciales y también Paul Andrei y John Portman.
Entre los arquitectos chinos que emergen hemos de mencionar al arquitecto chino Wang Lu, que ha proyectado el museo de Piantai; el estudio MAD de Pekín, que conquistó en el 2006 el primer puesto, en el concurso internacional para las Absolute Towers de Toronto, apodada Marilyn Monroe Tower, y también Yung Ho Chang, Liu Jakun y Zhang Lei, Atelier Deshaus, KUU.
Yung Ho Chang, por ejemplo, es una de las figuras más emblemáticas de esta generación. Nacido en 1956, trabaja en Pekín jugando con los componentes naturales y artificiales ofrecidos por la técnica sin descuidar nunca la tradición, aunque enriqueciéndose con los lenguajes de la contemporaneidad.
Algunos arquitectos no se limitan a mantener simplemente un estilo tradicional, sino que intervienen con las características de la arquitectura occidental, renovándose contaminando formas y contenidos, otros proyectistas en cambio gestionan mal desde el punto de vista compositivo la tradición arquitectónica china y las influencias extranjeras. Muchos de los edificios de reciente construcción contienen una pequeña cita china carente de una verdadera función, sino que son sólo una referencia al estilo del pasado.
Las Olimpiadas de Pekín del 2008 y los preparativos para la Expo del 2010 son los motores del fermento económico y proyectivo que ha originado la reestructuración completa de la ciudad desde la escala urbanística a la de cada uno de los edificios.
Probablemente es el mayor proceso de transformación urbana de estos últimos años, afecta a más de 5 km2 haciendo participar a los más de 16 millones habitantes ya residentes más aquello que desde los países limítrofes se desplazarán hasta la metrópoli. Shanghai ha crecido en los últimos diez años a una tasa anual de alrededor del 14 por ciento y en cada año han sido demolidos edificios por una extensión 1,6 millones de m2. En el centro han desaparecido decenas de miles de longtang house, tipologías habitativas caracterizadas por una mezcla de estilos arquitectónico chino y occidental, aunque en planta constituyen, a escala mucho más amplia, una extensión de la casa con patio china con influencias derivadas de tipologías arquitectónicas tradicionales que se pueden encontrar todavía hoy en aldeas de la China meridional.
Los habitantes han sido desplazados lejos a barrios monofuncionales, más higiénicos, donde es indispensable tener un automóvil, y donde las reglas de la sociabilidad cambian por fuerza; las bicicletas a esta distancia son del todo superfluas. Delante del Bund, en la ribera opuesta del Huangpu, Pudong que, literalmente, significa "al este del río Pu", es el alma de la nueva Shanghai, y se extiende al este hacia el Mar de la China oriental sobre una landa que hasta hace pocos años estaba ocupada por barracas y ciénagas, donde ningún edificio superaba las dos plantas. Aquí se juega la apuesta de transformar la ciudad de horizontal a vertical, de colonial a moderna, desafiando sin término medio a Tokio, a Hong Kong, a Nueva York, a Los Ángeles, en suma a los mitos del urbanismo de los últimos cincuenta años.
En Pudong destaca el Jin Mao Building (por diseño del estudio americano SOM), con sus 420 metros de altura, hoy casi terminado y caracterizado también por un atrio central de unos 300 metros de altura, y con los trazos de una súper-pagoda de cristal.
Cerca encontramos la Oriental Pearl Tower, una torre de telecomunicaciones de 468 metros de altura, desde cuya plataforma se admira la extensión horizontal de la ciudad, y cuyas burbujas contienen un hotel.
En Pudong, al contrario que en el centro (Huangpu), las calles son anchas y limpias. Muchos edificios están rodeados por zonas verdes (impracticables), y uno de los objetivos declarados de la administración pública es desarraigar la improvisación como los mercadillos al aire libre y las comidas en las calles, que son vistos como índices de pobreza: Shanghai debe presentarse como una ciudad desarrollada, no como una ciudad en desarrollo
. Shanghai y Pudong, juntos, forman un perfecto ejemplo, visible y tangible, de cómo la economía mundial esté influyendo en el urbanismo y en la vida de las personas, y de cómo el nuevo poder político y económico de China, en otro tiempo simbolizado por el campo, hoy trata de estar representado por las ciudades. A los artífices de la revolución cultural no les gustaban las ciudades porque las consideraban como lugares de consumo, pero hoy a las ciudades se les ha reconocido el papel de lugares de producción. Pudong también es un espectacular museo del urbanismo de finales de siglo, un viaje por todos los estilos y los estereotipos de nuestro tiempo, desconcertante por su desorden y por la riqueza de ejemplos: rascacielos, centros comerciales, plazas, aparcamientos, hoteles. Cada edificio quiere ser un punto de referencia, las entradas peatonales y de vehículos no siguen ninguna lógica, las aceras son a veces anchas, a veces estrechas, los materiales son de mil y más tipos, las ventanas tienen innumerables diseños, las denominaciones son ambiciosas, calles anchas como autopistas se juntan con callejones sin salida. De todo eso no sorprende su entidad, sino el valor simbólico que los chinos le atribuyen: el progreso comprende los mitos de las torres y de las autopistas, que a su vez contienen los mitos de la distancia y de la velocidad, en sentido vertical y horizontal. Las autopistas aquí no querrían ser simples conexiones, sino que pretenden servir de terrazas panorámicas: sus viaductos ofrecen espectaculares vistas hacia abajo de la ciudad de los longtang y hacia arriba de la ciudad llena de torres que recalca todo el panorama en 360 grados. Caminar bajo estos viaductos, algunos de los cuales se encuentran en el corazón de la ciudad, resulta una experiencia rara, porque son tan altos que no crean ni siquiera sombra: los niños juegan entre las pilas, mientras que los ancianos los miran; complicados cruces de peatones se articulan en sus entrañas; los autobuses aparcan en su interior, y en los cruces hay grandes esculturas de bronce. Las rampas circulares que conectan la altura de la calle con la altura del viaducto son poco empinadas, casi para ocupar el mayor espacio posible; este espacio a menudo sirve de plaza redonda, un monumento a la viabilidad del que estar orgullosos. De lugares de actividad, las calles se están convirtiendo principalmente en lugares de paso; ésta está la revolución urbana en curso en Shanghai.
El debate internacional plantea siempre alguna duda sobre la calidad de las transformaciones en curso, una ocasión perdida en que las extraordinarias potencialidades y energías puestas en juego habrían podido dar resultados de mejor calidad. Pero también es verdad que se está abriendo paso una nueva conciencia hecha de respeto por el medioambiente, por las entidades locales y por la calidad de las intervenciones, tanto a nivel territorial como arquitectónico. China ha demostrado que quiere perseguir políticas de desarrollo sostenible presentando un plan de reducción del consumo energético.
Para profundizar más sobre Shanghai se aconseja el volumen de Augusto Cagnardi, "Ritorni di Shanghai", publicado por Allemandi. Setenta viajes entre 2001 y 2007. Viajes de trabajo a China, sobre todo a Shanghai, pero también a Pekín, Hong Kong, Dalian, Ningbo y Seúl, con intermedios en Qatar y otras "escalas técnicas". Sus páginas son preciosas para adentrarse en las complejas dinámicas de los cambios profesionales de un arquitecto europeo con los protagonistas que guían los procesos de modernización de la China actual. Los proyectos para una nueva ciudad para 100.000 habitantes o para la rehabilitación de una "ciudad italiana" de principios del siglo XX superviviente en territorio chino, para la ampliación del downtown financiero de Pudong o para un edificio moderno en el centro histórico de Shanghai, trabajos a los que se añaden múltiples compromisos para conferencias, intervenciones en congresos y entrevistas periodísticas, son todas ocasiones para comprobar cómo el desafío profesional del arquitecto es inseparable de la curiosidad cultural por el enigmático universo chino. Estas crónicas, que se desenvuelven con el ritmo narrativo de los libros de viaje, nos restituyen así la difícil organización del trabajo proyectivo, pero sobre todo nos introducen en los sorprendentes códigos de una China contemporánea bien arraigada en una antiquísima civilización.